|
La deuda hipotecaria por la compra de vivienda alcanzó en 6 meses 526.000 millones de euros, superando la totalidad del importe comprometido en 2005. Las advertencias del Banco de España y de los organismos internacionales, han obtenido un efecto proporcional a su credibilidad, que llevará al pasivo de los consumidores a superar el 150% de la renta disponible en 2007.
Las cifras, lejos de ser alarmantes, suponen un reflejo de la realidad económica actual, en la que el ahorro de las familias se transforma en deuda de ladrillo, en un intento desesperado de no quedar fuera del sistema económico y evitar la indigencia social.
El concepto puede parecer exagerado y quizás lo sea, pero algunos ejemplos son significativos.
Una unidad familiar con capacidad de ahorro de, por ejemplo, 600 euros mensuales, pudiera haber decidido, en el año 2000, hipotecar ese ahorro en una vivienda de 100.000 euros a 20 años. Las plusvalías latentes a fecha de hoy serían, en el peor de los casos, de otros 100.000 euros, con el inmueble respaldando la economía familiar e hipotecariamente amortizado en un 25%.
Si la misma unidad familiar, con la misma capacidad de ahorro, hubiese decidido diversificarlo en uno de los mejores fondos de inversión, el "supersatisfacción" del Santander, en las acciones con más futuro, las de Terra y en la empresa de bienes tangibles con más imagen, Fórum Filatélico, el resultado, cinco años después, arrojaría unas pérdidas patrimoniales de aproximadamente el 50% del ahorro, con la pesadumbre añadida de ver como una vivienda que cotizaba a 100.000 euros, lo hace a 200.000 y se ha vuelto inaccesible para el ahorro actual.
Lo más vergonzante del ejemplo, es que todos los organismos pertinentes consideraban en el año 2000 que la vivienda había subido mucho y que existían riesgos razonables en el mercado inmobiliario. Lo más sangrante es que cualquiera de estos organismos incompetentes hubiese aplaudido la política diversificadora del segundo ejemplo.
Hoy ha salido de la cárcel, bajo fianza, el presidente de Fórum Filatélico. La verdad es que el hombre da pena, pero su imagen vuelve a poner de actualidad el escándalo filatélico. Las víctimas son acusadas de avaricia financiera por buscar para sus ahorros una rentabilidad superior a la de los activos sin riesgo. Los dueños del "no con mis impuestos", consciente o inconscientemente, están poniendo en tela de juicio cualquier inversión en depósitos de alta rentabilidad, como todos los que ofrecen las entidades financieras y filiales virtuales bancarias.
Todas ellas son de una solvencia fuera de toda sospecha, están bajo el paraguas del fondo de garantía de depósitos y las probabilidades de fiasco son prácticamente nulas. Pero al igual que el gato escaldado huye del agua caliente, muchos inversores han dejado de correr el riesgo de que los tilden de especuladores avariciosos por buscar esa punta de rentabilidad para sus ahorros.
La misma rentabilidad que buscaron los partícipes del fondo "supersatisfacción" del Santander que, después de 3 años de bolsa alcista, vieron como la plusvalía obtenida de la parte variable fue del 0%. Cero patatero después de estar 3 años viendo como la bolsa sube, es cualquier cosa menos satisfactorio, pero los nombres comerciales tienen estas cosas tan graciosas, sobre todo para el gestor del fondo que cobró rigurosamente las comisiones de depósito.
Para quienes tuvieron la desventura de comprar acciones de Terra en el año 2000, poco que añadir a los ríos de tinta vertidos sobre el misterioso proceso que transformó una inversión de futuro en eterna permanencia como accionista de Telefónica.
En consecuencia, las advertencias del Banco de España y de los diferentes organismos internacionales sobre los riesgos del mercado inmobiliario, provocan la indiferencia de unos ahorradores, en muchos casos víctimas de indefensión por parte de esos mismos organismos, expertos en mirar hacia otro lado.
Sea por lo que fuere, la realidad es que cada vez está más arraigado el concepto de que la vivienda nunca baja y que lo peor que puede pasar es que, durante un tiempo, no siga subiendo. La burbuja es evidente, pero nadie quiere verla porque tanto si continúa hinchándose como si explota, los resultados son demoledores.
Las consecuencias del pinchazo de la burbuja inmobiliaria son bien conocidas. Los ciudadanos estarían pagando unas hipotecas muy por encima del valor de las viviendas y quienes no pudieran hacer frente a los pagos, dejarían a las entidades bancarias sin respaldo patrimonial ante la deuda. Si contamos a quienes dejarían voluntariamente de pagar, otorgando como garantía un inmueble hinchado para acceder a otro mucho más barato, estaríamos relatando la experiencia de quiebra del sistema bancario japonés en los años 90.
Pero las consecuencias de una burbuja que sigue creciendo sin llegar a explotar jamás, tampoco son mejores; al ser la vivienda un bien básico, el crecimiento exponencial de los precios generaría una fractura social entre quienes tienen vivienda y quienes no la tienen. Los propietarios tendrían crédito creciente a costa del inmueble y quienes tuvieran más de uno vivirían de rentas. Todo ello a costa de los no propietarios que se verían empobrecidos y sin capacidad de ahorro ante los precios de los alquileres. Todo esto ya está pasando actualmente, aunque todavía no se han alcanzado niveles de alarma.
La única solución consiste en provocar el aterrizaje suave del mercado inmobiliario habilitando más suelo, favoreciendo fiscalmente el alquiler y gravando la compra venta de inmuebles proporcionalmente al tiempo de propiedad, de tal manera que una vivienda vendida al año de ser comprada pague el 95% de la plusvalía en impuestos y que la transmitida a los 20 años esté exenta.
En cualquier caso, la burbuja estallará o seguirá creciendo, sin que nadie haga nada al respecto porque ningún gobierno quiere asumir el riesgo electoral de poner el cascabel al gato. Al fin y al cabo, a quien no le gusta ver como brillan las pompas de jabón bajo la luz del sol del verano. |