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Derivando
domingo, 29 de octubre de 2006

Los derivados, viejos conocidos de estudiantes y causantes de no pocas ansiedades en tiempos lectivos, adquieren en la edad adulta un protagonismo financiero perverso desde el momento en que su virtud de cobertura se transforma en instrumento especulativo feroz.

Un instrumento derivado es el que permite tomar una posición compradora o vendedora cuyo beneficio o pérdida está ligado a la evolución de los llamados activos subyacentes, normalmente acciones cotizadas, índices bursátiles, tipos de interés, materias primas o cualquier otro entramado cotizante.

Su propósito intrínseco permite, por ejemplo, vender una cantidad equivalente de índice Ibex-35 para ganar con la hipotética bajada de la bolsa el mismo valor que pierde la cartera de acciones que se desea cubrir.

Como, técnicamente hablando, el derivado no es más que un seguro, el efectivo que se deposita al contratarlo es una pequeña parte del valor que representa. Es lo que se conoce como "prima" o dinero suficiente como para que si la posición del mercado avanza contra el derivado, el emisor no haga el primo y disponga de una garantía frente al cliente.

Una vez expuesta la farragosidad del concepto derivado, aparece el efecto perverso. Si cualquier inversor puede comprar 130.700 euros de bolsa teniendo que depositar solamente 20.000 euros como garantía, puede tener la tentación de comprar y vender el derivado y olvidarse de las acciones.

Si para los pequeños inversores, la tentación vive arriba, para los grandes fondos de inversión y no digamos para los de capital riesgo, la tentación no vive en ningún sitio. Forma parte de ellos.

En consecuencia, las acciones cotizadas han dejado de ser un bien en si mismas para convertirse en el precio de referencia al que se pagarán los derivados que se basan en ellas. De un tiempo a esta parte, quienes dictan mucha porción de Santander, Telefónica, BBVA, Endesa o Repsol no son sus valores fundamentales sino el valor interesado al que deben cotizar para que los derivados obtengan beneficio.

En un mercado tremendamente alcista como el actual, el negocio es fácil. La entrada de dinero fresco en la multitud de fondos de inversión que ofrecen las financieras y gestoras, produce un incremento de las cotizaciones provocado por los mismos gestores que, en vez de buscar el mejor precio para sus clientes, se dedican a pujar al alza con alegría, al tiempo que atiborran sus carteras con derivados.

La espantada de Telefónica en las últimas semanas es un buen ejemplo. Tanto tiempo cotizando en tendencia lateral bajista y, sin que aparezca ninguna información relevante, todos los gestores se han dado cuenta al mismo tiempo de que la operadora es un chollo y se han lanzado a comprar sin mirar precio, por si se acaban las acciones.

Una de las dificultades con las que se encuentran los compradores masivos de derivados suele ser la falta de contrapartida para sus órdenes. La solución consiste en reventar los índices al alza para que los pequeños especuladores, en su mayoría sensatos, pongan a vender sus posiciones ante la excesiva e inexplicable subida.

Con este argumento podemos explicar las irracionales subidas del boom tecnológico de final de siglo, en la que los precios y los índices llegaron a cotas absurdas basadas en las valoraciones que inventaron los analistas para las empresas de la "nueva economía".

Los mercados están volviendo a tomar aire burbujero que llevará de nuevo a los índices a precios de alucinación colectiva y que, desde luego, nadie va a evitar porque se publique este artículo. La historia se repite una vez más.

 
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