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Las elecciones no son exclusivamente un camino hacia la poltrona del poder. Las elecciones son, deberían ser, una fiesta. La gran fiesta de la democracia.
Así lo entienden la práctica totalidad de los políticos, que valoran los resultados electorales como si estuviesen bajo la euforia etílica de una juerga de fin de semana.
Todos han ganado. Si no en votos, en escaños, concejales, diputaciones, corporaciones, barrios o comunidades. Los que mandan aspiran a seguir mandando y los que pierden aspiran a mandar pactando. Con quien sea, menos con el diablo, que no se presenta.
A lo largo y ancho de la noche electoral, los candidatos electos sonríen, saludan, se abrazan y babean como si los ciudadanos les hubiesen votado a ellos por su cara bonita y no por ser los candidatos de sus respectivos partidos. Debe ser la erótica del poder, que les va transformando poco a poco en demócratas de medio pelo.
La fiesta de la democracia, lo es porque todos los ciudadanos pueden participar en ella. Si la mitad de los electores no votan, no es una fiesta, es un guateque. Y si la tendencia abstencionista se prolonga en el tiempo, llegará el día en que veremos a políticos eufóricos porque han obtenido 2 votos y han doblado a los del rival, que solo ha tenido 1.
El sentido común más elemental dicta que, tanto concejales como escaños, deberían adjudicarse no solo en proporción al voto recibido, sino también en función del voto emitido.
En consecuencia, si para un ayuntamiento como el de Madrid se disputan 57 concejalías y solo vota el 50% de la población, 28 de ellas deberían quedar desiertas y los candidatos sólo deberían poder ocupar las 29 restantes.
Eso sería auténtica democracia, porque los consistorios y parlamentos serían el reflejo fiel de la voluntad del pueblo, en los que la mitad de los ciudadanos no quiere que les represente nadie. Lo contrario es una falsedad, un fracaso democrático en el que unos concejales o diputados ocupan un sillón para el que nadie les ha reclamado.
En cualquier caso, esta opción forma parte de la utopía política, porque si son los mismos políticos los encargados de solventar este déficit democrático, los ayuntamientos y parlamentos seguirán okupados al 100%, aunque no vote nadie.
No están los tiempos como para renunciar a un chollo de este nivel, por un quítame allá unos votos. |