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A estas alturas de la película, quien más y quien menos ya conoce el mecanismo por el que las hipotecas "subprime" están haciendo tambalear a los mercados mundiales.
Algunas entidades norteamericanas de crédito hipotecario, concedieron préstamos a ciudadanos poco solventes con el convencimiento y la experiencia de que si éstos no pagaban las correspondientes cuotas de la hipoteca, las propias entidades financieras podrían embargar la vivienda y resarcirse con creces del impago.
Como todo el mundo sabe, la vivienda es un activo que nunca baja y así debieron pensarlo todos aquellos que decidieron que era un buen negocio aprovechar las hipotecas subprime que, si bien eran de alto riesgo, también eran de alto interés.
Hacer negocio a costa de los más desfavorecidos no tiene más importancia. A estas alturas, todo el mundo sabe que el dinero no entiende de sentimientos sino de rentabilidades. ¿Qué importancia tiene que algunas familias se hayan quedado en la calle si, al menos durante unos años, han pagado unos buenos intereses, muy por encima del mercado?
El problema no es la falta de escrúpulos. El problema siempre es la avaricia. Si la compra de deuda de alto riesgo ya tenía su ídem, lo que no tiene explicación racional fuera de la avaricia, es que sociedades de capital riesgo, comprasen esa deuda con apalancamiento, es decir, poniendo solamente una garantía sobre todo el activo que estaban comprando.
El apalancamiento es uno de esos inventos que, al igual que las armas, están cargadas por el diablo. Si una entidad de capital riesgo dispone de, por ejemplo, mil millones de euros para invertir, utilizando técnicas apalancadas puede comprar por valor de diez mil millones. Si la inversión va subiendo de precio, la recompensa del apalancamiento es generosa: el beneficio es diez veces mayor. El problema es que, si por alguna razón, la inversión pierde el diez por ciento de su valor, la sociedad se arruina.
Casi todas las autoridades políticas y económicas han dado la cara en esta crisis para asegurar que no hay crisis. Pero, después de transmitir la pertinente dosis de confianza a los inversores, se retiran a sus quehaceres con la esperanza de que las subprime les quiten de en medio al máximo capital riesgo posible.
En la última gran crisis de los mercados, la provocada por las empresas punto com, todos los estados pusieron su granito de arena en forma de multimillonarias tasas a la concesión de licencias de espacio radioeléctrico para las operadoras de telecomunicaciones. Demasiado poder para unas telecos comandadas por no se sabe muy bien quien. Algo había que hacer. Y se hizo.
Lo que está sucediendo ahora es similar: el capital riesgo ha pasado de ser poco más que unos clubes de inversión, a convertirse en sociedades capaces de comprar cualquier empresa del mundo. Demasiado poder, gracias al apalancamiento y a un dinero barato, necesario por otras circunstancias.
Si los bancos centrales pueden seguir subiendo los tipos sin que toda la economía se venga abajo, lo seguirán haciendo. Y si no, también. Porque ahora que el capital riesgo está temblando, es el momento de darle el golpe de gracia, aunque sea de desgracia para el resto de inversores. Malditas subprime, pensarán algunos. Benditas sean, para otros. |